Primera estación: JESÚS ENTREGADO A MUERTE

         Cuántas de nuestras entregas están mediatizadas por el entorno. Salir al encuentro de los demás, en muchas ocasiones, exige olvidarnos de nosotros mismos y –a menudo- apartar aquellas monedas que son las ideas o los prejuicios que debilitan y paralizan nuestra vida espiritual.

         San Francisco de Asís al regresar de un viaje de Oriente se sintió como un fracasado al encontrar su Orden en un estado lamentable. Sólo, cuando vio a Dios en todo lo que hacía y tocaba, le llevó a decir constantemente en su obra de renovación: “Francisco, Dios existe y eso basta”. Y la paz y la alegría volvieron a su alma. Supo que toda acción, aun con pruebas y fracasos aparentes, siempre están iluminadas y garantizadas por el responsable principal que es Dios.

         Entregarse o no entregarse. Darse o replegarse. Abrirse o cerrarse. Amar o amarse. ¿Con cuál de estas dos opciones te quedas? ¿Por qué apuestas?

Segunda estación: JESÚS CARGA CON LA CRUZ

         San Vicente de Paul, en pleno siglo XVI, llegó a decir: “Para morir como Jesucristo hay que vivir como Jesucristo” “Señor, si tú estuvieras en mi lugar, qué harías en esta ocasión?” “Tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a tantas personas de la miseria”

         ¿Cruz pequeña o grande? ¿Pesada o ligera? ¿Para siempre o a días? ¿En el pecho o en la vida? Interrogantes que, en este Año de la Misericordia, exigen respuestas. Jesús, como siempre, sale al encuentro de las miserias de nuestro mundo. Infelicidades que, en muchos momentos, confundimos con grandezas. Escaparates que nos parecen paraísos y, verdades, que de repente nos parecen mentiras. ¿Cuáles son las periferias de las que, constantemente, nos habla el Papa Francisco? No hay que irse muy lejos para ser bueno y, mucho menos, cruzar el océano para llevar una cruz. San Francisco Javier tocó la miseria humana, la abrazó y la dignificó allá donde Dios le llevó en cada momento.

Tercera estación: JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ

         Humanidad caída. Familias resquebrajadas. Sociedades rotas. Fronteras que claman justicia. Cristianos perseguidos con el aplauso orquestado o silencio de aquellos que saben y no quieren hablar; de los que pueden y no quieren hacer. Derechos doblegados, enterrados y pisoteados en numerosos lugares de nuestro mundo. ¡Caídas! ¡Caídas! ¡Caídas y más caídas!

         San Francisco Javier, en su inmenso periplo hacia las indias, tuvo clara una cosa: la caridad no tenía rostro. Mejor dicho, sí que lo tenía: supo ver, comprobar, cuidar, cultivar y amar en todos los abatidos en galeones, hospitales y pueblos el rostro del mismo Cristo.

         Ante las caídas, en este Año de la Misericordia, no nos queda otra que emplear a fondo nuestra capacidad de amar e incluso de perder sueño para que, los que pasan hambre de justicia, de verdad, de honradez, de alegría o de fe encuentren en nosotros un buen despertador que les ayude a levantarse del suelo que los humilla.

Cuarta estación: JESÚS ENCUENTRA A SU MADRE

         La madre es en muchas culturas lo más hermoso, lo más grande: todo. Y es que Dios quiso darle el poder de traer la vida al mundo y cuidar de ella. Es “la mano que mece la cuna, mueve el mundo”. Es el amor que nunca defrauda. Es cuerpo que se coloca entre nuestro cuerpo y el suelo. Madre no es sólo traer hijos al mundo ni tampoco tirarlos en el estercolero del fácil aborto. Una famosa educadora afirmó: “Eduquen a un hombre y habrán hecho un ser útil para la sociedad. Eduquen a una mujer y habrán educado a toda una familia”.
         Junto a los grandes hombres de la historia está una mujer que entregó todo lo que tenía: cariño, tiempo, talento. Junto a los famosos están sus madres que han hecho que los sueños fueran una realidad.
         San Agustín, contó con una madre que acudió siempre al encuentro de sus miserias. Su conversión, lo dice él, se debe al empeño constante de su madre Santa Mónica. San Francisco Javier, desde su infancia, fue alentado en su fe y alertado del cómo vivir según Dios en los brazos de su madre, María. Y, a los pies de la cruz, María. ¿La sientes en la tuya?

Quinta estación: JESÚS AYUDADO POR EL CIRINEO

         No faltan cruces ni, tampoco, personas cuando esas cruces se arrastran por los caminos. Pero, en determinados momentos, si que se echan en falta “manos constantes” que, además de acompañar un trayecto, se comprometan en hacerlo por más tiempo. La crisis de determinadas vocaciones al ministerio sacerdotal o incluso la vida religiosa, depende en gran medida de eso: asusta, por sistema, lo definitivo, “el para siempre”. Dar con personas que se brinden para unas horas, para un mes o para un año o para una causa es relativamente fácil. Contar con braceros para siempre es difícil. Simón de Cirene fue la excepción entre los cientos de personas que contemplaban el cortejo de la cruz al calvario.

         No hace todavía dos años, en Madrid, un niño de cinco años se arrojó por el balcón de un quinto piso. Un hombre que venía de dar un paseo, como el Cirineo, pudo cogerlo en sus brazos sin graves daños para ninguno de los dos. Precisamente ese hombre se llamaba Salvador. ¿Salvas tú de algunas situaciones  dolorosas a los que pasan a tu lado?

Sexta estación: LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO DE CRISTO

         ¿Cuál es el rostro de Jesús? ¿Cómo es el semblante de Cristo? El arte, la pintura, la música, la poesía o la arquitectura lo ha plasmado como un Jesús atractivo y evitando lo escandaloso y antiestético. La Verónica, por el contrario, nos empuja a descubrir el aspecto más genuino y auténtico del Señor.

         Un día le dijo un señor a la Madre Teresa de Calcuta: - El trabajo que tú haces, yo no lo haría ni por todo el oro del mundo”. A lo que Teresa de Calcuta le respondió: “ -Yo tampoco: tomamos fuerza de la adoración a Jesús Sacramentado”. Esta anécdota se cuenta tanto de la Madre como de alguna de sus hijas, y expresa un hecho: la entrega desde Cristo, contemplando y adorando su rostro, ofrecer el valor y la conversión necesaria para cumplir con la locura y la razón de ser de Teresa de Calcuta: los más pobres. ¿Limpias o ensucias el rostro de las personas? ¿Les haces brillar o, tal vez, los oscureces por tu crítica sistemática?

Séptima estación: CAE JESÚS EN TIERRA POR SEGUNDA VEZ

         El camino de la misericordia no está exento de caídas.  Caídas fueron las del Señor en Getsemaní: “Pasa de mi este cáliz”. Caída la de Pedro cuando, en su ser orgulloso, aseguró no desplomarse en la negación. También nosotros, en ese deseo de salir al encuentro de los que nos rodean, de ofrecer el perdón, de sonreír aún en medio de la dificultad…. nos lleva muchas veces a caídas contrarias: lejanía, rencor o tristeza. Caer no es malo ni mucho menos. Lo grave es confundir la caída con la alzada. Pensar que estamos en lo cierto cuando nos hemos diluido en la falsedad o quejarnos cuando, el amor que es renuncia, nos exige un paso más.

         Un niño de ocho años traía sobre sus hombros a otro más pequeño que tendría tres o cuatro. Se le veía cansado, deteniéndose en su camino pero a la vez feliz de llevar su carga adelante. Le preguntó un peregrino: “Qué tal amigo, ¿pesa mucho?” Y el niño con inefable expresión, con fuerza y decisión contestó: “No pesa casi nada, es mi hermano”. Sonriendo y saludando se marcho feliz con una carga, su hermano, que le daba alas su misma vida. ¿Te pesa el amor? ¿Es carga para ti hacer el bien? San Francisco Javier, cargando con las cargas de los demás, recorrió numerosos continentes. Su fuerza era el amor de Dios.

Octava estación: JESÚS HABLA A LAS HIJAS DE JERUSALÉN

         La preocupación del mundo es la ocupación de Dios. “No lloréis por mí, llorad por vosotros”. Emergen las desgracias y nos sacuden los acontecimientos que nos rodean. Y, desde multitud de esquinas, nuestra tierra gime, se tambalea y a menudo se desploma en el laberinto de sus propias ideas: la verdad es tratada como mentira, la falsedad elevada al pódium de lo permitido, el relativismo como cuna de la nueva conciencia social. Sólo, desde la perseverancia y consistencia en nuestra fe, podremos dar la vuelta a este mundo envuelto en un pañuelo de temores, dudas y desasosiego.

         En 1996, ocho trapenses después de ser secuestrados en Argelia, eran asesinados (sólo se salvó uno). Nos quedó es testamento espiritual del Prior de la comunidad antes de morir: Por ti, que ahora lees mis letras, por ti quiero decir este gracias y este a-Dios en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea dado volvernos a encontrar, ladrones colmados de gozo, en el paraíso, si así le place a Dios, Padre nuestro, Padre de ambos. Amén. 

Novena estación: CAE EL SEÑOR EN TIERRA POR TERCERA VEZ

         No hay día en el que, además de saludarnos el sol, salgan a nuestro encuentro las pequeñas centellas de nuestros desmoronamientos personales o comunitarios. Caemos en la debilidad, cuando no somos fuertes en la fe. Nos desplomamos en la tibieza, cuando no nos agarramos a la exigencia. Nos abandonamos, cuando alejamos a Dios y nos centramos demasiado en nosotros mismos.

         Es fácil renunciar cuando, de frente, se nos presenta una realidad caprichosa. ¡Son tantos los reyes que nos preguntan “¿estás dispuesto a seguirme a mí?” Las terceras caídas, las definitivas, las más peligrosa son las que más nos aproximan a la crueldad del duro suelo: filosofías sin Dios, conciencia sin Evangelio, vida pública sin referencia cristiana. Marionetas en manos de nadie y, a la vez, en manos de muchos.

         Los mártires de Uganda sellaron con sus labios una impresionante profesión de fe: “Un cristiano que entrega su vida por Dios no tiene miedo a morir.” “Quemaréis nuestros cuerpos pero no dañaréis nuestras almas.” Levantémonos y pidamos al cielo fuerza para caminar, creer y perseverar en la tierra.

Decima estación: JESÚS DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS

         Jesús, despojado de su fama y de sus vestidos. Jesús, desposeído de los suyos y de sus amigos. Jesús, alejado de su mar de Galilea y de sus enfermos, de su amigo Lázaro y de sus cientos de convertidos. ¿Dónde están? ¿Dónde se encuentran aquellos que se refugiaron en su mano siempre a punto para la misericordia, el perdón, la acogida, el amor, el afecto o la escucha?

         Con Santa Teresa de Jesús, rezamos: Cristo no tiene otro cuerpo en la tierra que el tuyo.

No tiene otras manos que las tuyas. No tiene otros pies que los tuyos. Tuyos son los ojos a través de los que derrama Su amor sobre el mundo. Tuyos son los pies de los que se sirve para hacer el bien. Y tuyas son las manos con las que ahora nos Bendice.

         Nuestros labios pueden ser palabras que acogen y nuestros corazones una casa cálida y revestida por el traje de la misericordia. Ante el “los nuevos Jesús despojados” que nunca nos agotemos de buscar fórmulas para llegar hasta tanto rostro desnudo. ¿Los ves? ¿O tal vez has caído en la tentación de pensar que todos y todo está bien?

Decima-primera estación: JESÚS CLAVADO EN LA CRUZ

         ¿Dónde se ilumina nuestra vida? ¿En la cruz o sólo en la luz artificial del mundo?
         Una joven católica de la antigua Yugoslavia fue violada. Se propuso hacer lo imposible para romper la cadena de odio que destruía su país. “Al hijo que espero, decía, le enseñaré solamente a amar. Mi hijo, nacido de la violencia, será testigo de que la única grandeza que honra a la persona es la del perdón”.

         La espiral de la violencia, de las rencillas del ayer, producen distanciamiento. Amar a Dios no resta fuerzas para dedicarnos a los demás. Cuanto más bebemos del manantial del amor, más podemos avanzar en el camino de nuestro vivir derramando generosidad, alegría, paz, fraternidad, perdón.

¿Dónde bebes? ¿En el odio o en el amor? ¿En la misericordia o en el egoísmo? ¿En la fuente del bien o en el lodo del mal? Recuerda una máxima: “de la mano que vayas alcanzarás el abismo o el paraíso.” San Francisco Javier optó por la mano de Dios frente a los tentáculos de lo mundano.

Decima-segunda estación: JESÚS MUERE EN LA CRUZ

         He aquí el monumento al amor: el amor clavado. He aquí el mayor monumento, contradicción para muchos, del amor sin límites: el amor ensangrentado. Así lo entendieron, creyeron y llevaron a su propia vida gente como San Francisco Javier (enamorado de la cruz); San Juan de Ávila (maestro ante la cruz); San Juan María Vianney (reconfortado ante el silencio de la cruz); Santa Teresa de Jesús (toda reforma en la cruz).

         He aquí un monumento, la cruz, que no necesita ser iluminado desde fuera. Quien muere en ella, Jesús, ilumina los dos maderos con su obediencia y entrega con todas las consecuencias. Nunca, tan toscos leños, soportaron tanto amor divino.
Todos recordamos aún el testimonio de la niña de Siria: “¿Por qué me matáis si mi Dios os ama?” O la profesión de fe de una patriarca cristiana en Irán: “Quitadme la vida pero la fe sólo me la puede arrebatar el Señor”. ¿Es Cristo el presente y el futuro de tus pensamientos?

Decima-tercera estación: JESÚS EN LOS BRAZOS DE LA VIRGEN

         Qué lejos ha quedado Nazaret. Se apagaron los ecos de aquellas melodías angelicales, cuando Dios, bajaba al encuentro del hombre. No hay pastores ni reyes, no suenan campanas de gloria ni los ríos juegan con las piedras o los molinos de Belén. Pero, al Dios que desciende desde la cruz, le aguardan los mismos brazos de Madre que le esperaron a los pies del pesebre.         María: nunca, Belén y el Calvario, estuvieron tan cerca. De madera el pesebre y de madera la cruz. Al lado del pesebre, María y junto a la cruz la Madre de Dios. En Belén, desvalido Jesús Niño, custodiado por la humilde nazarena y en el Gólgota, derrotado por la muerte, abrazado por la Soledad de María. En Belén y en el Calvario el silencio hizo de las suyas. El silencio lo dijo todo: amor y sólo amor. En los dos amor de Dios y, en los dos, amor de Madre. Así la sintió San Francisco Javier cuando en sus soledades, recias, profundas y probadas, exclamaba una genial jaculatoria: “Valedme Señora mía.”

Decima-cuarta estación: JESÚS ES PUESTO EN EL SEPULCRO

         Qué grande es tener para dar y, qué grande es, sentirse un pequeño grano de trigo para saber morir, nacer y florecer.

         La vida, lo señalaba San Juan XXIII “es un pequeño paseo que Dios nos hace dar para, luego, volver a su regazo”. Y mientras vamos avanzando que importante es, además de ser semilla, ir  sembrando lo mejor de nosotros mismos. Alguien, con cierta razón, ha dicho:  “un camposanto es un huerto de vida, es un jardín con semillas de resurrección”. Frente a la amenaza de la muerte, Jesús desde la suya, la dinamita y la convierte en algo pasajero. Le quita la última palabra. Mientras tanto, en nuestro viacrucis personal, es bueno pensar y saber que nada se pierde, que Dios, con un disco duro de infinita memoria, jamás olvida a ninguno de los suyos.


         San Francisco Javier, y tantos hombres y mujeres de fe, cerraban los ojos al mundo con la esperanza de una luz que se llamaba cielo. Pero antes de apagarse los sentidos, detenerse sus pies, dejar de palpitar el corazón o crear el pensamiento fueron un caminar con, para y los demás.